
Hay libros que te llevan de la mano, y otros que te dejan solo frente al mundo. La Memoria Olvidada hace algo distinto: te sube a lo alto de una montaña y te obliga a mirar abajo. Desde allí, todo parece claro al principio… un único sendero, una única lógica, un único relato posible. Pero cuando empiezas a descender, las cosas cambian.
El camino se bifurca. Aparecen sendas que no viste al principio. Algunas parecen más seguras, otras más salvajes. Y en cada cruce te preguntas si realmente estás eligiendo, o si solo estás descubriendo, tarde, que nunca hubo un único camino correcto.
Eso me ha provocado este libro: esa sensación de ir avanzando con una mezcla de certeza y duda, de intuición y vértigo. A cada paso te cuestionas si entiendes mejor a la protagonista… o si, en realidad, te estás entendiendo un poco más a ti mismo.
Para mí, ahí está su valor: no te da respuestas, te invita a buscarlas. Y, sobre todo, te recuerda que a veces perderse es la única forma de volver a encontrar sentido.